Aprovecha y usa este espacio para enterarte o compartir testimonios que pueden servir a otras personas involucradas en el tema. En Tu fertilidad creemos que tanto las experiencias buenas o malas son útiles para otras personas, y sin duda, cada historia es diferente y útil.
Una gran Victoria.
Conoce la historia de una pareja (Claudia y Enrique) que después de visitar a varios doctores, rezar en todas las iglesias y hacer todo tipo de terapias alternativas consiguieron la Victoria y tres batallas.
Enrique y yo nos casamos y después de dos años decidimos que ya era momento de concebir a nuestro primer hijo, queríamos que fuera algo especial por lo que dejé de tomar pastillas y unos meses después viajamos a Huatulco. El viaje estuvo maravilloso, sin embargo “no pegó”. Cuando lo comentamos con el doctor, nos dijo que no nos preocupáramos que un embarazo espontáneo tenía como chance hasta un año, mismo que transcurrió sin resultado alguno. Fue entonces que iniciamos con seguimientos foliculares: a través del ultrasonido, se detecta el momento previo a la ovulación. Después de un año más, no lo habíamos logrado.
No nos estresábamos mucho porque no éramos muy constantes; Enrique viajaba mucho de trabajo y la pasábamos muy bien. Cada vez que íbamos de shopping comprábamos cosas para el bebé. Siempre estuvimos seguros de que pronto llegaría. Inicié un tratamiento de fertilidad que consistía en tomar pastillas, inyecciones, seguimientos foliculares de manera constante y lo logramos: ¡estaba embarazada! La emoción nos duró dos meses porque nunca se desarrolló el corazoncito del bebé y me hicieron un legrado.
Una amiga me recomendó desprenderme de esa tristeza y me llevó a un parapsicólogo, quien a través de la hipnosis ayuda a superar los eventos más dolorosos vividos y se supone que todo vuelve a la normalidad. Se me hizo un charlatán y no volví.
Seguimos viviendo una vida feliz, viajamos y en cada lugar entraba a todas las iglesias suplicando nuestro anhelo. Siempre regresábamos con la esperanza de esperar un bebé. Después nos hicieron más estudios, y supimos que el problema era mío y no de él. Llevé un tratamiento y se dio por hecho que estaría normal.
El tiempo transcurría y con ello las opiniones de amigos y familiares, que no saben lo hiriente que pueden ser las preguntas en momentos tan vulnerables. Llegó el día en que platicamos y contemplamos la posibilidad de adoptar. Esa navidad Enrique lo anunció y ahí me di cuenta de su inminente deseo de ser papá y que en el fondo yo no quería un hijo que no fuera mío hasta agotar posibilidades.
La señora que trabajaba en mi casa me platicó que una de sus comadres era partera y sobaba a las mujeres para embarazarse. Fui con dos amigas, ellas se embarazaron casi inmediatamente y yo nada.
Probé los ovulation test que se son unas pruebas que detectan la ovulación a través de la orina y si el periodo es fértil aparece una carita feliz. He de confesar que nunca vi una, lo cual indicaba que no ovulaba pero los doctores decían que todo estaba bien.
Me recomendaron un acupunturista con quien estuve en tratamiento pero nada. Tomé reiki, nos alinearan los chacras, me leí las cartas, traté con unos productos naturistas y hasta tomé uno de esos jugos que vendían en un negocio multinivel. La presión seguía creciendo y más cuando una amiga nos comentó que conocía al director de un albergue que daba bebés en adopción… Enrique estaba muy emocionado y yo sentía un balde de agua helada… creí que ese iba a ser el fin de mi matrimonio porque yo quería seguir intentándolo y él estaba convencido de la adopción.
Hablé con él y le propuse que mejor tuviera un hijo con una madre subrogada, pero no lo convencí, me mostró todo su apoyo y me dijo que si así iba a ser nuestra vida, teníamos que disfrutarla y que si yo no estaba convencida de adoptar tampoco pasaba nada. Claro que sí me daban ganas, pero quería primero tener uno propio.
Un día una señora que trabajaba en mi casa quedó embarazada –mamá soltera– y me ofrecía quedarme con el bebé, incluso registrarse en el hospital con mi nombre para que no hubiera problema, me ilusioné mucho pero Enrique no, así que no accedimos.
Aunque Enrique ya no tocó el tema por un tiempo, yo no claudiqué y fui con un quiropráctico a que me enderezara la cadera, que aunque nunca me la vi chueca, otra amiga me sugirió hacerlo…pero nada. Mi nutrióloga me recomendó un excelente doctor con quien ella se había embarazado de gemelos. Fui sola, ya no quise decirle a Enrique. Después de revisar todo mi peregrinar y el historial de estudios que llevaba, me dijo que de ninguna forma era candidata para un in-vitro y vio lo que nadie me había dicho: lo único que necesitaba era regularme una hormona y destaparme una trompa.
Salí superesperanzada, hice todo lo que me dijo, tomé lo que me prescribió. Nos sentíamos muy contentos hasta que vi en el noticiero que el FBI lo buscaba por tráfico de embriones. Yo nunca lo creí, lejos de eso sigo pensando que es un científico y un extraordinario psicólogo. Así que lo contacté por mail y me recomendó seguir con otros dos doctores porque él había tenido que dejar el país. Continué con uno y no funcionó… después de un año fui a ver al otro y no me gustó nada. Otra vez estábamos en ceros.
Visitamos al Cristo de las maravillas y al Señor del abandono, me ponía de cabeza después de tener relaciones, tenía que comer aguacate y pescado, Enrique tomaba zinc, tiré el deseo al mar después de la séptima ola, por supuesto que cada año nuevo era mi uva número uno, compré todo un kit de aromaterapia e hice baños de esencias, la vecina de mi mamá me mandó un manojo de hierbas para temascal porque decía que tenía frío en el vientre, la suegra de mi hermana mandó una chambrita a España a un convento en donde las monjas rezan por las mamás que no pueden tener hijos, una bebé recién nacida se quedó en mi cama dormida para hacer nido. Hacíamos de todo, bueno, hasta un brujo nos habían recomendado, pero no le entramos.
Nuestro deseo era grande pero nunca fue obsesión –aunque pareciera lo contrario– porque disfrutaba mucho la vida y mi relación con Enrique. Nuestro ánimo siempre estuvo arriba; obvio que había días tristes, pero no lloraba por las calles cuando veía un bebé, además estábamos llenos de sobrinos y hasta nos los llevábamos de viaje.
Un buen día me presentaron a una chava que armonizó mi casa con feng shui específicamente para embarazarme. También vimos a otro cuate para cargarnos de energía que nos enseñó a meditar y a decretar.
Un día mi hermana y su esposo nos invitaron a cenar. Ellos ya tenían tres hijos y nos propusieron prestarnos su panza –ya habían hablado con mis papás, sus suegros, sus hijos, un psicólogo y hasta un sacerdote… ellos estaban convencidos– yo estaba feliz y aunque mi marido tardó en acceder, después accedió.
Regresamos con uno de los doctores que ya habíamos visto, le expusimos el caso, mi hermana y yo empezamos el tratamiento que consistía en tomar una serie de medicamentos, ir casi diario a que nos sacaran sangre, ultrasonidos y demás para empatarnos el ciclo, extraerme los óvulos, fecundarlos con el esperma de Enrique y ponérselos.
Un día me citó el doctor para decirme que me encontraba perfecta que no había necesidad de hacer lo que pensábamos y que me sugería una inseminación. Así lo hicimos y cuando creí que estaba menstruando, le llamé y con análisis en la mano me dijo que ¡estaba embarazada!
Durante el embarazo me regalaron gran cantidad de oraciones, decretos y vírgenes. Tuve varias amenazas de aborto, placenta previa y se me rompió la fuente a la semana 31… nunca quisimos saber el sexo y finalmente después de 10 años, llegó mi Victoria, escogimos el nombre porque realmente salimos triunfantes aún cuando la bebé se quedó en terapia intensiva. A los dos años de nuevos intentos quedé embarazada de triates. El pronóstico de los doctores era negativo y sugerían hacernos una reducción de embriones. Nosotros no aceptamos, siempre estuvimos positivos y todo salió perfecto. Tenemos cuatro hijos que nos traen de cabeza, pero somos muy felices. Es mucho trabajo, pero verlos sanos y fuertes no tiene precio.
Durante muchos años...
Creí firmemente que mi ideal de vida era compartir mis días con una pareja, pero sin hijos; el ser madre nunca fue para mí un sueño como sí lo es para muchas mujeres, así que el asunto nunca ocupó mis pensamientos.
Sin embargo, todo cambió cuando me casé. Mi marido deseaba tanto un bebé, y era tal su ilusión, que se convirtió en la mía. Muy convencidos de ser padres decidimos esperar unos años y luego comenzamos a intentarlo, sin darnos cuenta de que era el inicio de una gran batalla.
Al principio nos lo tomamos con calma, pero luego resultó evidente que algo estaba mal. Todavía sin preocuparnos dejamos pasar algún tiempo hasta recurrir con un especialista.
El problema era mío, pero mi esposo -tan empático como sólo él puede ser- me hizo sentir que era de ambos. Desde entonces siempre vamos y venimos juntos en este camino, él me inyecta, me cuida, me apoya, me consuela, sin su gran amor no habría podido continuar sin desesperanzarme.
Aunque claro, me he desesperado, pero él siempre está ahí, levantándome cuando me caigo. Ahora pareciera que yo deseo más que él un hijo, pero en el fondo sé que sigue deseándolo con la misma ilusión del principio, pero que no lo dice por mí, por no lastimarme, porque seguramente ya no quiere escucharme decir "odio estar defectuosa".
Hace poco le dije que no sabía si me había esforzado lo suficiente y me contestó que por supuesto que sí, que cómo no lo consideraba así luego de dos laparoscopias, cinco inseminaciones y, en el proceso de casi tres años, cerca de 200 inyecciones (que por cierto me dan terror), y me aseguró que estaba convencido de que él se habría rendido antes.
Pero lo curioso es que justamente es él quien no se rinde y es el pilar que me mantiene en pie; se ha esforzado tanto para continuar en este proceso, acompañándome sin excepción, sometiéndose a varios estudios (algunos muy dolorosos) y a la entrega de semen en laboratorios, muchas, muchas veces.
La familia ha sido también muy importante, mi mamá, siempre tan cerca de mí, con sus sabias palabras, invariablemente alentadoras pero realistas; mi hermana siempre en la lucha junto conmigo y en busca de alguna alternativa (masajes, el té ampliamente recomendado) y quien, al igual que mis cuñadas, ha ofrecido incluso su útero para albergar a nuestro hijo; en verdad todo ello es tan confortador.
Y evidentemente los amigos en quienes no faltan las palabras de esperanza, llenas de esa seguridad que le hace a uno creer que algún día será.
Me he hecho muchas preguntas: por qué no pudo ser tan simple para nosotros tener hijos como lo es para otras parejas; por qué quiénes no quieren hijos los tienen y quienes queremos no; por qué la ironía de no querer tener un hijo y ahora no poder, aunque muera por ello. Mi suegra dice que la pregunta debe ser para qué y no por qué, y tiene razón.
Esta experiencia nos ha servido para estar cada vez más unidos como pareja, para valorar la comprensión y el apoyo de la familia y los amigos, para luchar tenazmente por lo que queremos sin rendirnos.
No perdemos la esperanza, pero el tiempo no se detiene y estamos consientes de que puede o no ser, lo importante es que estamos juntos y lo sabremos afrontar.
Luego de la segunda operación, cuyo diagnóstico fue que todo (físicamente) estaba perfecto -lo cual me hace tener muchas dudas- y una vez en ese punto en que el desgaste emocional, físico y económico nos ha rebasado, decidimos sólo esperar y dejar los tratamientos por un tiempo.
Estoy a unas horas de que me baje, tengo ya todos los síntomas, pero por lo menos ya no lloro.
Begoña B.
Algo para compartir...
Hace algunos años inicié mi búsqueda por tener un bebé, como toda mujer que se casa y que tiene la ilusión de formar una familia y de *****plir con ese sueño que es convertirse en mamá.
Los meses pasaban y yo no me embarazaba, finalmente tuvieron que hacerme una laparoscopia y me detectaron ovarios poliquísticos y endometriosis, después estuve en tratamiento durante 6 meses y me volvieron a operar. Supuestamente después de la segunda operación estaba en condiciones ideales para quedar embarazada en cualquier momento, pero eso tampoco sucedió. Los meses y los años seguían pasando, así como los estudios y los tratamientos sin resultados y, al mismo tiempo, la desesperación y el miedo de pensar en que eso que yo tanto anhelaba cada vez parecía más y más difícil de lograr, y aunque no perdía la fe y en ningún momento me di por vencida en la idea de intentar todo lo que estuviera a nuestro alcance, sí llegó el momento en que tuve que hacer una clara y amplia reflexión sobre algo muy importante: no podía ni debía perder lo que en eso momento SÍ tenía, que era un marido maravilloso, el mejor del mundo, y un matrimonio que valía la pena cuidar; un embarazo, un bebé, era algo sublime para mí, pero en ese momento no lo tenía y nada ni nadie me aseguraba que si yo dejaba de lado todo lo demás de mi mundo, eso se daría, por lo tanto seguí en mi intento de lograr un embarazo, pero siempre conciente, por difícil que fuera, de que tal vez mi destino era no ser mamá, ser esposa, ser profesionista y seguir siendo mujer.
Así pues, intentamos 3 inseminaciones artificiales y las 3 fracasaron, y con cada una de ellas yo sabía que mis posibilidades se iban haciendo menores y mis miedos mayores, pero traté de concentrarme siempre en el momento y no adelantarme a los hechos, por ese motivo yo no había considerado una inseminación in Vitro y muchos menos una adopción, porque el adelantarme yo sentía que era como darme por vencida antes de siquiera intentarlo. Y llegó el momento, el doctor nos sugirió intentar la inseminación in Vitro, y hoy puedo decir que ha sido la experiencia más fuerte de mi vida, para nosotros fue un proceso psicológico sumamente intenso y desgastante porque vives día a día al pendiente de los acontecimientos que se tienen que dar para poder seguir adelante y te invade la angustia de que todo se venga para abajo. Finalmente llegó el día en que me iban a hacer la transferencia embrionaria, un día muy especial, 10 de mayo, por primera vez en mi vida yo celebraba un día de las madres siendo yo mamá en ese momento de 3 pequeños seres que acababan de llegar a mi cuerpo, por lo menos ese día yo estaba conciente de que esos 3 pequeñitos estaban vivos dentro de mi, sin duda ha sido uno de los días más felices de mi vida.
Cuando llegó el día de hacer las pruebas de laboratorio para confirmar si había embarazo, los sentimientos eran tan fuertes, que cuando hablé con el doctor y me dijo que estaba embarazadísima ni yo, ni mi marido ni nadie de la familia podíamos dejar de llorar y de sentirnos eufóricos, lo habíamos logrado...pero al día siguiente todo fue miedo e incertidumbre otra vez, empecé a tener un manchado y después se hizo más intenso, eran hemorragias y por lo tanto me pusieron en reposo absoluto, era tan frustante pensar en regresar al inicio, pero a partir de ese momento cuando me hicieron un ultrasonido y me dijeron que nada más se veían 2 bolsas, pero en una de ellas no se alcanzaba a ver el corazón del bebé y se veía desprendida y el tercero ni siquiera aparecía, tuve la firme convicción de hacer todo lo que en mi estuviera para que se lograra el bebé que se veía viable, y así fue, con la enorme ayuda y el apoyo de mi esposo, de mi mamá y de la familia en general, seguimos luchando por la vida de ese pequeño, y un día que nuevamente tuve una hemorragia muy fuerte, supusimos que había arrojado la bolsa que se veía desprendida, al llegar al hospital y hacerme el ultrasonido, cual va siendo la sorpresa que apareció en esa bolsa el segundo bebé, y con esa noticia mis fuerzas se hicieron mayores a luchar porque se lograran, y aunque en el fondo (y principalmente por el desprendimiento de placenta que tenía) yo pensaba que nada más se iba a lograr uno de los bebés yo estaba determinada a luchar por los 2.
Pasaron los días, los meses, en cama, a base de inyecciones por la mañana y por la noche, llenos de angustia e incertidumbre. Por fin llegó el momento de hacerme un nuevo ultrasonido a los cuatro y medio meses , para conocer el sexo de los bebés, primero un niño y como si no estuviera lo suficientemente agradecida con Dios por sentirme embarazada y mamá de un niño, me dicen que la otra es una niña, nada más perfecto me podía haber sucedido, y a partir de ese día, se disiparon mis temores porque formé un equipo con mis pequeños y día a día luchamos juntos para que crecieran y para que supieran que lo íbamos a lograr, ya habían llegado ahí y no los íbamos a dejar ir, y así transcurrió el resto del embarazo, en cama, con todos los cuidados para que llegaran a estar finalmente con papá, mamá. Hoy, Pablo y Hanna son dos niños sanos, hermosos, que han llenado nuestra vida y que son un claro ejemplo de amor, de fe, de esperanza, de tenacidad, de confianza, de fuerza, de paciencia, y que a pesar de los muchos momentos de tristeza, desesperación, angustia, frustración y enojo, a mí me han enseñado en que no hay que darse por vencido porque la recompensa ante lo que cuesta trabajo lograr, vale la pena para el resto de la vida.
Una visión masculina
Fertilidad. La palabra me hace pensar en primitivas tribus que se sentían tranquilizadas al concebir el asunto como una situación en la que seres divinos tenían el control reproductivo, lo que les hacía merecedores de pequeñas efigies, esculturales pirámides, celebraciones con abundante pulque e incluso, sacrificios. Y es sobre estos últimos sobre los que me gustaría reflexionar.
Cuando hay indicadores sobre nuestros problemas de "fertilidad", los varones debemos estar dispuestos a sacrificarnos en maneras que resultan muy complicadas para una realidad global y tecnológica, en la que obtener placer más que una opción, se ha convertido en una obsesión.
Si resulta que no podemos "embarazarnos" con nuestra pareja, debemos sacrificar nuestra ambición por hacer lo que nos gustaría, para comenzar a hacer lo que debemos hacer. Y ya sabemos lo difícil que es eso.
Entre muchas generalidades, ¿qué particularidades nos gustarían, además de que no existiera la cruda de ningún tipo?: Nos gustaría ser permanentemente desobligados e inmaduros. Nos gustaría no acudir a los doctores para no tener conocimiento sobre nuestros padecimientos, pues sin vergüenza siempre nos hemos asumido súper hombres mezcla de Batman y Superman, muy cómodos con nuestras trusas. Nos gustaría no tener que exteriorizar nuestros sentimientos y pensamientos sobre aquello que nos incomoda, o afecta, o nos hace asumir nuestra fragilidad, sin alcohol de por medio. Nos gustaría evitar las rutinas y disciplinas de todo tipo. Nos gustaría que todo se solucionara por sí mismo. Nos gustaría ser los mejores en todo, sin hacer nada.
Cabe aquí una pregunta: ¿nos gustaría ser padres? Si respondemos afirmativamente y se nos ha detectado que algún padecimiento nos lo impide, pues tendremos que mostrar una convicción que no ponemos en práctica, por ejemplo, para levantarnos temprano por gusto, hacer ejercicio, dejar de fumar o beber.
Entonces, obligadamente y con razonable madurez, debemos estar dispuestos a someternos a los estudios que permitan conocer todo aquello que padecemos, así como sus orígenes y complicaciones. Debemos aceptar que somos más bien unos simples Clark Kent o Bruno Díaz, obligados a usar boxers. Debemos exteriorizar sin prejuicios y sin miedos lo que sentimos y lo que pensamos al respecto, por supuesto, sin alcohol de por medio. Debemos ser metódicos y disciplinados con los tratamientos y los procedimientos, con las dosis y con las restricciones, que nos permitan encontrar solución a nuestro problema. Debemos dejar de esperar, como lo hacían aquellas tribus preglobales y pretecnológicas, que nuestro padecimiento se corrija de manera celestial. Debemos, también, estar preparados para aceptar que tal vez ni todo ello revuelto, provoque que se consiga el objetivo.
Pero claro que habrá una recompensa. De hecho varias, que podrán inicialmente, tomar la forma de la superación personal. Habremos conseguido ser los mejores, por culpa de nosotros mismos. Así pues, reflexionado esto como hombre partícipe de un sueño no sólo femenino, asumí lo que conlleva dicha experiencia y no me arrepiento ni tantito,
Otra visión masculina
Para muchas personas, ser padres es el gran anhelo en la vida y por consecuencia, el punto máximo de la felicidad mientras estemos en la tierra, sin embargo, nunca contemplamos qué podría pasar si por alguna razón este anhelo se viera obstaculizado, ya que es natural pensar que tener un hijo solamente es cuestión de decidirlo como pareja.
Como hombre les puedo decir que la etapa que vivimos sin poder concebir a un bebé fue extremadamente difícil, no sólo por mi frustración, impotencia y dolor, sino por ver a mi esposa sufrir día con día porque no podía *****plir su deseo de ser madre y, sobretodo, porque también se sentía culpable de evitar que yo pudiera *****plir el mío de ser padre. El hecho de ser jóvenes, de familia con principios, tener mucho amor que dar, ser gente de bien y tener los medios para hacer feliz a un niño, no son suficientes argumentos para tener un bebé, pues en muchos casos tienes que depender de unos doctores que a la sombra de Dios, buscan hacer milagros, porque Él es quien, en mi opinión, tiene la última palabra.
El desgaste emocional que se vive cuando estás en tratamientos de fertilidad es tan intenso que si uno lo permite puede acabar con la estabilidad de la pareja o de las personas en lo individual, sin embargo lo importante es mantener la esperanza y la fe. Siempre hay una puerta que se abre y hay que agotar hasta la última instancia. El desgaste, la frustración y el dinero que se le invierte a estos tratamientos no deben ser suficiente obstáculo para luchar por llegar a la meta.
Digo lo anterior porque este doloroso proceso que duró tres años, más allá de distanciarnos a mi esposa y a mí, nos unió, porque siempre vimos y vivimos el problema de forma conjunta, como un reto para ambos y en todo momento con la esperanza de que algún día llegaría el milagro. Pasaban los ciclos sin un resultado favorable, algunos doctores opinaban que el problema radicaba en esto, otros en aquello y el tiempo transcurría sin tener una verdadera luz sobre qué hacer. Enfrentamos un sinnúmero de estudios, análisis, doctores y tratamientos, sin embargo fue todo esto lo que nos permitió abrir los ojos y detectar que a pesar de que existen personas que se hacen llamar doctores y no tienen una pizca de ética, también existen otros muy profesionales, humanos y comprensivos que realmente ejercen una profesión tan linda, que consiste en ayudar a las parejas a dar vida.
Hoy puedo decirles felizmente que tengo una hija preciosa y que viene nuestro segundo hijo en camino; ambos producto de tratamientos de fertilidad.
No se rindan. Vean la infertilidad como un reto más que nos pone la vida. Al igual que los demás, éste también es superable y con el avance tan rápido de la ciencia créanme que se puede lograr. Una vez que tengan la inmensa satisfacción de ver que el resultado de tanto esfuerzo (emocional, físico y económico) es su bebé, los hará sentirse aún más satisfechos y orgullosos de ustedes mismos. Escuchen a aquellos que ya pasaron por esto porque a diferencia de nuestra adolescencia, aquí no conviene aprender por nosotros mismos; en este punto del camino les digo que nos hubiera sido de gran ayuda un consejo a tiempo. Durante este proceso se debe mantener la cabeza fría, estar unidos como pareja y ser positivos, sin permitir que se dañe la ilusión de *****plir el gran sueño. El mensaje más importante que les puedo dejar es que en estos casos dentro de la pareja NO HAY CULPABLES.